La primera mujer boxeadora de Río Grande, Argentina, es chilota

El origen del pugilismo en Chile se remonta a fines del siglo XIX cuando, tanto en Santiago como en Valparaíso, se multiplicaron gimnasios y cuadriláteros donde extranjeros residentes o de paso por el país, practicaban el deporte de los puños. Los inicios del boxeo fueron, sin duda alguna, precarios. En ese entonces, vislumbraba como principal figura Heriberto Rojas, considerado el primer boxeador profesional chileno.

El boxeo tuvo su primera institución oficial en el país a partir de 1915, año en que se fundó la Federación Chilena de Boxeo. Alrededor de esa fecha el pugilismo se desarrollaba mayoritariamente en circos y teatros de barrios populares de la capital, como La Chimba, Franklin, Yungay o Pila del Ganso, donde eximios deportistas dejaban el corazón en los combates. Si bien durante estos primeros años hubo deportistas de gran popularidad, fue a fines de los años veinte y comienzos de la década de 1930 cuando surgió el primer ídolo del boxeo chileno: Estanislao Loayza. «El Tani», como lo apodaban, tuvo como rivales a Luis Vicentini y Antonio Fernández, «Fernandito», quienes incluso en algunas ocasiones lograron aplacar la popularidad de aquella célebre figura.

La década de 1940 se inició con una de las mayores epopeyas del boxeo chileno. Arturo Godoy peleó dos veces el título mundial ante Joe Louis, considerado uno de los mejores pugilistas de la historia.

Juan Carlos Alderete Antimán, radicado largos años en Chiloé, los castreños, Carlos”Gurú” Ruiz y Matías “Destroyer” Aguila, Luis Chilote” Alvarado y otros, han llevado al ring el peso de sus puños y la representación isleña en los cuadriláteros de fama internacional.

Pero, fue Carolina “Crespa” Rodríguez, la que de alguna manera inspiró a Irma Nélida Cárdenas Gallardo, chilota de nacimiento, a dedicar su vida a este deporte, normalmente practicado por varones.

Nace el 17 de diciembre de 1966, en la ciudad de Castro, Chiloé, hija de Juan Bautista Cárdenas Vargas y Manuela de Jesús Gallardo Aguilar, ambos propietarios de un restaurante en la capital provincial.

Fueron nueve hermanos, dos varones y siete mujeres que vivieron en Chiloé hasta que la desgracia golpeó su puerta ante el fallecimiento de una de las hijas, motivo por el cual, la familia determinó vender todo y trasladarse a la Patagonia.

Irma Nélida contaba con tres años de edad.

Los recibió Punta Arenas en calle O’Higgins por un lapso breve y los diez integrantes al poco tiempo tomaron rumbo a Río Grande, localidad argentina en la isla Tierra del Fuego.

“Mi padre era maquinista vial y siempre viajaba a la República Argentina, a Mendoza, Las Cuevas, Comodoro y acá encontró rápidamente laburo, en Vialidad, incluso participando en la habilitación del paso Garibaldi, cerca de Ushuaia.

Nuestros estudios los realizamos en la Escuela 7 de Río Grande donde, al pasar el tiempo también estudiaron nuestros hijos.

Llegamos en la década del 70, cuando las calles de la ciudad eran de tierra. Nuestra casa se ubica en el llamado “casco viejo” una zona de nuestros padres y abuelos, y donde todos los vecinos son chilenos, con hijos argentinos, los cuales, a pesar del enraizamiento en este lugar maravilloso que nos acogió, mantienen sus costumbres y tradiciones, como el caso de Fiestas Patrias, donde se paladean las comidas típicas como empanadas y cazuelas y el acostumbrado mote con huesillos.

Mis nietos aman la cazuela de luche, con eso le digo todo”.

Sus inicios con los puños

“En la escuela siempre fui muy defensora de las causas ajenas. Cuando comprobaba que alguien era víctima de abuso, mis puños se alzaban para defender al más débil. Ello motivaba los regaños de mi madre que se daba cuenta que algo había pasado cuando llegaba con mis ropas desordenadas y uno que otro moretón.

Yo aprendí de mi padre que fue boxeador en Chile y abandonó el ring cuando dejó a un contrincante en muy mal estado en un encuentro boxístico.

Me casé a los catorce años con Oscar Pérez -tenemos seis hijos- y comencé de grande a incursionar en este deporte. Mi corazón anhelaba participar en ello y lo hice en forma recreativa, como para bajar de peso y así nadie de la familia se enojaba.

Al lugar donde concurría a estrenar sólo iban varones y fue muy difícil que me aceptaran y me lanzaban pullas y mofas diciéndome :-¡andá a lavar los platos!

Superé esa etapa y mi desquite vino cuando me correspondió hacer guantes con varones y les demostré con mis golpes que estaba mejor preparada que ellos en el ring, porque el amor y la pasión me llevaron a hacer siempre las cosas bien.

Al principio hacíamos peleas clandestinas, cuando la mujer no podía boxear. Incluso se podía programar box entre varón y dama. Todo lo cubríamos con la excusa que era exhibición de aerobox, donde se integraron mujeres. Fue una etapa dura con recuerdos de nariz fracturada, labio partido, pero ello nunca me amedrentó”.

El viernes día 18 de mayo de 2001, el diario El Sureño, de Río Grande, tituló “Festival de Box Amateur” y agrega: “por primera vez en la historia pelean las mujeres”.

Debo decir con orgullo que fui la primera mujer boxeadora fueguina, de la República Argentina, con raíces de Chiloé.

Mientras yo peleaba en Río Grande, en Buenos Aires hacía lo propio Marcela Eliana Acuña, apodada la “Tigresa Acuña”, la cual obtuvo títulos mundiales en los pesos pluma y supergallo.

Incluso ahora tengo la misión, a solicitud de la gente, de donar mi vestuario deportivo al museo de Río Grande.

Cuando uno deja de boxear, es como que tu cuerpo, tu mente, tu corazón te pide no abandonar este deporte. Por ello, realicé un curso de instructora y obtuve el título de Directora Técnica de Boxeo, procediendo a estrenar en primer lugar a mi hijo Oscar, para el cual yo dejaba de ser su madre en el cuadrilátero y pasaba a ser su DT. Yo no quería que él boxeara pero él fue como yo y logró persistir en su deseo y, ante mi negativa de ayudarlo, estrenaba solo en un rincón hasta que me convenció. Fue el más destacado de mis alumnos e incluso estuvo en la selección argentina yendo a pelear hasta México”.

Regreso al archipiélago

“Al cabo de 40 años, una hermana nos llevó de paseo a Chiloé. Fue algo increíble porque me invitó a visitar y recordar el lugar donde vivimos y le pedí que me dejara sola descubrir cómo llegar allí. Para mi sorpresa, tenía todo en mi memoria, hasta el cerro que estaba frente a nuestra casa, la casa de mis abuelos. Fue algo impresionante cómo uno puede guardar sus recuerdos.

Mis padres ya murieron en Punta Arenas, porque a mi progenitor lo afectó la situación de la guerra de las Malvinas.

Hoy, soy la maestra de boxeo de la Municipalidad de Río Grande, Argentina y creo que tendré una heredera en este deporte, porque a mi nieta Morena Romero le encanta el box, más tiene la misma resistencia de su padre, que yo tuve con el mío y quizás, como yo, también esa intransigencia algún día la vencerá”.

Fuente: La Prensa Austral

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